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David Ruiz, el cincel montillano que busca el alma de la madera


El tintineo de las tazas de café en el emblemático y montillano restaurante de Las Camachas sirve de compás de espera. Es una de esas apetecibles tardes de sábado previas a la Cuaresma, el escenario perfecto, por enclave y por ambiente, para sentarse a conversar pausadamente con nuestro protagonista en esta nueva sección: David Ruiz Luque.


El polvo de la piedra fue, quizás sin saberlo, el primer testigo de su relación con el arte sacro. Sin embargo, su camino vital estaba destinado a encontrarse con la gubia y el cedro. Sus comienzos, allá por los años 2003 y 2004, estuvieron marcados por una profunda inquietud interior que le llevó a adentrarse en la imaginería por su cuenta. A base de observación, constancia y muchas horas frente al banco de trabajo, David dio sus primeros pasos en un oficio que no entiende de prisas. Lo primero que brotó de sus manos, a modo de cimiento personal y artístico, fue un busto de su madre.



Para este imaginero montillano, el estilo no es un relámpago místico que llega de golpe. La inspiración, defiende con aplomo, es en realidad el fruto de un trabajo previo innegociable en el que se conjuga la formación, la experiencia y mucho esfuerzo. Su mirada no esquiva a los grandes clásicos -ahí están siempre presentes como Martínez Montañés- ni tampoco a los contemporáneos que están marcando el pulso actual, sintiendo una profunda admiración por la obra de José María Ruiz Montes y Juan Vega. Pero David no copia; los interpreta, los pasa por su propio filtro interior para darles su idea y su forma. «Lo importante es que cada uno tenga sus tonos, sus gamas cromáticas y su propio modelado», sentencia.


«Lo importante es que cada uno tenga sus tonos, sus gamas cromáticas y su propio modelado»


Su taller se nutre en la actualidad, casi en exclusiva, de encargos para particulares. En este terreno más íntimo, la psicología juega un papel tan importante como la propia anatomía. «Hay gente para todo», confiesa, abarcando desde el cliente más exquisito hasta aquel que llega con unas pautas muy limitadas. Por eso, su método pasa inexorablemente por estudiar a quien tiene enfrente, «verlo venir» e intuir por dónde pueden ir los tiros, garantizando siempre un buen acuerdo desde la fase del boceto.


Él trabaja mejor sin presión. Considera que, con la carta de libertad por delante, es como realmente logras hacer la obra tuya y dejar tu propia impronta.


No tiene un proceso creativo cerrado; prefiere que la propia pieza le vaya reclamando sus necesidades conforme avanza el modelado. Y es ahí, despojado de exigencias rígidas, donde David encuentra su mejor versión. Trabaja mejor sin presión. Considera que, con esa anhelada carta de libertad, es como realmente haces la obra más tuya, volcando tu impronta sin cortapisas.


Curiosamente, y aunque reconoce que el público suele interesarse más por las imágenes de la Virgen y las figuras de San Juan, el escultor admite sentirse más a gusto frente a la fisonomía de los Cristos. Se le dan mejor. La Dolorosa exige enfrentarse a lo que él denomina una «línea compleja», obligando a buscar una expresión más envuelta, cargada de matices y, sobre todo, de un dolor contenido que es tremendamente difícil de pellizcar en la madera.


El cofrade actual está cada vez más formado, interesándose ya no solo por la estética, sino por la conservación real del patrimonio



Al levantar la vista de la mesa de trabajo y analizar el panorama actual del arte sacro, David percibe un buen momento. Hay mucha competencia y artistas de un nivel altísimo. En este ecosistema, las redes sociales -de donde le llegan numerosas referencias- juegan un papel de doble filo: son un escaparate inmenso, pero han globalizado tanto el mercado que, a veces, parece existir un catálogo inabarcable que puede despistar al que compra. Frente a esa frialdad de la pantalla, él lo tiene claro, se queda con la naturalidad de la gente, con esa primera impresión sincera en el rostro de quien se planta ante una talla recién terminada.


Esa misma mirada madura la traslada a su entorno más cercano. David pone en valor la gran calidad artística que atesora la Semana Santa de Montilla y aplaude un cambio de ciclo que considera fundamental, por el que el cofrade actual está cada vez más formado, interesándose ya no solo por la estética, sino por la conservación real del patrimonio.


Redacción e imágenes: Álvaro Carrasco

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