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Rafael Delgado: el pregón de una vida bajo «la mirada que habla»

El Domingo de Pasión asumirá el atril para saldar una deuda de amor con su padre. A escasas horas de abrir las puertas de la Semana Santa, el pregonero mayor reflexiona sobre la evolución de las hermandades, la pureza bajo el costal y el secreto de un discurso desde los rincones de su devoción.


Entre las tinieblas, la luz se supervisa de forma callada, constante, paciente. Desde esos ojos escondidos, innumerables experiencias inéditas conducen al sentir de los tiempos, fruto enraizado desde la inocencia con un principal referente: su padre.


Las telas enlutadas y el brillo cálido de una llama, enmarcan su silencio. El domingo, su hábito enlutado se rasgará y el corazón se abrirá como marco y antesala perfecta al brotar de una nueva Semana Santa.


En la tranquilidad del Domingo de Laetare, en pleno corazón de su querida Montilla -como si la agenda estuviera desierta- nuestro pregonero nos recibe con el alma abierta y con el café latente que supo a poco.


Todo comenzaría el día de San Rafael, 24 de octubre. Una llamada de José Antonio Trapero con motivo de su onomástica sacudió los cimientos de su vida. Ante la pregunta, la respuesta afirmativa fue clara y firme, en honor a su padre, quién fuera presidente del órgano superior de las cofradías de Montilla entre 1990 y 1997 y que no ha podido subirse al atril el Domingo de Pasión para abrir la Semana Santa.



Aunque reconoce no estar nervioso -por el amplio bagaje otorgado por su labor profesional- añade que ser pregonero «nunca lo tenía en mi mente, es una gran responsabilidad y honor». Atrás quedarán los cincuenta y tres años desde aquel pregón, siendo en esta ocasión «fuera de lo habitual», con un marcado carácter escapista del encorsetamiento del acto, siempre desde el inmenso respeto que merece este preámbulo.


Define que la Semana Santa es el germen de tres pilares: la estética, la tradición y la fe. Esta última la considera como trasversal. «En ocasiones, olvidamos que el centro de todo es Él, Jesús de Nazaret». Desde ese pretexto, nace su pregón. Un auténtico redescubrimiento personal que confiesa que jamás se habría imaginado la verdadera dimensión y la importancia que tiene la fe en su vida.


Cada uno, tiene su peculiar forma de escribir; en su caso, transcribir. Sus numerosas horas en soledad vienen a configurar el aura perfecta para que sus ideas tomen sentido. Primero en su cabeza. Luego, después de su estructuración, plasmadas en el papel. 

Ha sido una catarsis íntima, tejida a base de recuerdos, que le ha llevado a la emoción más pura frente al teclado y a lanzar un consejo envuelto en certeza: «Animaría a todo el mundo a que haga un pregón; es el mejor ejercicio de desarrollo personal que he tenido».


Para él, la Semana Santa de Montilla es, por encima de todo, la vida en hermandad. Su memoria viaja automáticamente a aquellos años fundacionales de su hermandad de la Juventud, donde la estampa de las cofradías montillanas cambió para siempre. A partir de entonces, se forjaron dos corporaciones más -el Descendimiento y la Humildad- lo que constituyó una trilogía de unión entre jóvenes. Se rompió, entonces, el letargo de limitarse a sacar las imágenes a la calle, para empezar a construir hogar, refugio y familia durante los doce meses del año.


Hoy, con una palma en la mano en la Borriquita y bajo el antifaz del Amor y de la Juventud, observa el empuje de las nuevas generaciones con la esperanza del relevo, pero con el peligro que corren al desvirtuar el sentido de las cofradías en torno a la devoción frente a las modas vacías: «A mi hijo se lo digo, si no sientes apego a lo que llevas arriba, no te metas».



Un respiro más, supone uno menos previo al gran momento, que confiesa que la onda expansiva de su nombramiento ha superado cualquier expectativa. Cuando la marcha se apague y él tome la palabra, se desvelará su secreto mejor guardado, solo testigo de ello, "la mirada que habla". Habrá un momento exacto, un instante, una vivencia que le encoge el alma y que se convertirá en el latido central de su discurso. Pero hasta entonces, el silencio seguirá siendo su mejor guardián.


Redacción e imágenes - Álvaro Carrasco

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